miércoles, 7 de octubre de 2015

Actividad Pedro Lezcano


PEDRO LEZCANO 

La Chabola

Cuando anochece igual que hoy sobre la playa, después de haber sacado la red, toda la arena queda sembrada de estrellas marinas color sangre, que durante la noche conservan su brillo y, como sus hermanas celestes, palidecerán quemadas por el sol de la mañana.

La chabola de Juan el chinchorrero está enclavada sobre la arena, en medio de las estrellas. Una sola pared de piedra seca sostiene la armazón; las otras tres paredes las componen multicolores hojalatas y tabla de cajones en las que aún pueden leerse impresas misteriosas palabras en múltiples idiomas. Por eso Juan, que tiene buen humor y sabe leer los periódicos, suele llamar la Onu a su chabola.

- Que Pepa esta madrugada vaya a poner en cola las latas del agua, porque luego se amontona mucha gente. Que Justo no se olvide de ordeñar para el crío. Que Isabela no se vaya al almacén sin limpiar a abuela…

María, la madre, repartiendo órdenes monótonas, anima el fuelle de la cocina, cuyo rezongo azul convoca a la familia al olor del pescado. Una luz de carburo zumba en el techo. Berrea sin cesar el hijo más pequeño, colgado de un retazo de red vieja. Al fondo de la choza, Juanitita, la abuela, ocupa el único colchón aislado con un plástico de invernadero, para que la humedad perpetua de la vieja no llegue hasta los niños.

-          ¿Te vas a callar, condenado?

Ya a medio morir, Juanitita la abuela, sólo abre los ojos tres veces al día para beber café. Pero como una resaca pequeña y familiar, se le oye a todas horas quién sabe qué rezados.

A Juanitita la llamaban Juanona cuando niña, Juana siendo mujer hermosa, Juanita al enviudar ya entrada en años, y ahora, apenas hilvanada ya a este mundo, la llaman Juanitita, como si su nombre, menguante año tras año, no fuese el de ella misma, sino el de su futuro cada vez más chico.

            - Juan, deberías pasarte por el tinglado de los americanos, por si consigues otra plancha para el techo, que el relente gotea en las mantas.

Pero no hay demasiada humedad en la chabola de Juan el chinchorrero; sólo en las altas mareas del Pino rezuma la sal mojada al caminar. Por suerte en esas fechas aún suele hacer calor.

            - Hoy los americanos han echado otro cohete, y dicen que nos pasará por arriba esta noche.

María saca de la cazuela el pescado, que de puro fresco se revira oloroso sobre las papas nuevas.

            - No comprendo cómo se privan con un volador que ni hace chispas ni mete ruido.

Juan deja apagar, para después, su virginio. Se reparte la cena, mientras María amasa gofio y caldo con una vara verde. De pronto, afuera ladra un perro, y unas pisadas llegan de los sonoros guijarros hasta la silenciosa arena. Alguien se ha detenido en el umbral, y una mano desconocida aparta la cortina de lona de la entrada. Bajo el dintel se encorva un señor rubio y elegante, que con extraño acento, dice a la familia:

            - Rogamos desconecten televisión, nevera y electrodomésticos hasta mañana, para no interferencias al paso del satélite. Gracias.

Dicho lo cual y como un ánima, el visitante desaparece.

            -¿Cuálo dijo que hiciéramos? –susurra al cabo María.

            - Ha de ser este crío llorón que despierta a todo el mundo. Como no lo callemos, acabarán echándonos de aquí.

Y esta cena no tiene sobremesa. Cañazo al niño, soplo al carburo, y un asustado arrebujar de mantas en la penumbra lunar de la chabola de Juan el chinchorrero.

De Cuentos


  1. Caracterización de los personajes, espacio y tiempo.


  1. Exponer y argumentar la tesis propia.


  1. Conclusión propia.
 

1 comentario:

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